• Tiempo de lectura:10 minutos de lectura

Ha sido complejo demarcar los límites en los últimos artículos sobre lo que es materia, energía y consciencia, porque estos tres aspectos están íntimamente relacionados. Hemos intentado separarlos y tratarlos individualmente en cada artículo, pero es imposible, pues al hablar de materia es preciso aludir a la energía y ambas no se pueden entender sin referirnos a la consciencia. Y es que, en efecto, materia, energía y consciencia son los tres pilares básicos de la Creación. Ahora sí, ya tenemos completa lo que podríamos denominar la “tríada de la Creación”, estos tres fundamentos y atributos que forman y subyacen a todo lo que existe.

En prácticamente todas las culturas, religiones y filosofías del planeta siempre ha estado presente, de algún modo u otro, el concepto de trinidad. En las cosmologías antiguas aparecen siempre tres fuerzas, tres seres, tres elementos, tres características que son los responsables de crear el universo y todo lo que existe dentro de él. En el cristianismo estos tres elementos aparecen representados por la Santísima Trinidad (Padre, Hijo y Espíritu Santo) y en el hinduismo por el Trimurti (Brahma, Visnú y Shiva); la mitología china los presenta como los Tres Puros (Puro de Jade, Puro Superior y Gran Puro) y para los griegos tres son los dioses principales (Zeus, Hades y Poseidón).

No siempre estos tres elementos aparecen divinizados, sino también como principios o cualidades. En el taoísmo se describen tres fuerzas o polaridades (ying, yang y tao); en la alquimia tres son los elementos (sal, azufre y mercurio) que, mezclados y combinados, forman el resto; para la filosofía hindú nuestra realidad se compone de tres gunas, cualidades o principios (satva, rajas y tamas); y en muchas otras culturas, filosofías y religiones estos tres elementos que componen el universo aparecen bajo los aspectos de amor, sabiduría y voluntad, amor, luz y paz, energía, consciencia y materia.

La trinidad de elementos no solo aparece de manera simbólica, religiosa o espiritual, también está presente en los cimientos de las ciencias tradicionales. Son siempre tres polos los que interactúan con la realidad (positivo, negativo y neutro) y tres las partículas que conforman el átomo (protón, electrón y neutrón); tres son las fuerzas del universo (activa, pasiva y neutra; creadora, receptora y mediadora) y tres los parámetros para medir el tiempo (pasado, presente y futuro; principio, intermedio y final). Tres son las leyes de Newton y tres sus principios (acción, reacción e inercia). En biología, son tres las funciones vitales (nutrición, reproducción e interacción) y en la química se manifiestan tres valores para medir el potencial de hidrógeno (pH) de una sustancia (ácido, alcalino y neutro).

Esto no es algo relegado al terreno de lo místico, lo esotérico o lo espiritual, es un conocimiento universal y verídico, es un principio fundamental de la Creación: todo es trinitario, todo está compuesto siempre por tres fuerzas, por tres elementos, por tres aspectos que se manifiestan de distintas formas y permean todos los elementos del universo.

Consciencia, energía y materia es una de las manifestaciones en las que esta tríada de la Creación se representa y es sobre la que nos hemos centrado a lo largo de esta serie de artículos. Como hemos dedicado un pequeño artículo introductorio a cada uno de ellos, veamos ahora cómo se interrelacionan e interactúan entre sí.

En la Creación, todo funciona por jerarquías, todo está ordenado y estructurado siguiendo una escala de mayor a menor relevancia con respecto a los componentes que forman todo lo que existe. La consciencia, la energía y la materia son aspectos que están subordinados justamente en ese orden: primero la consciencia, segundo la energía y tercero la materia, lo que quiere decir que la materia depende de la energía y la energía depende de la consciencia. Esto es así por diseño, así ha sido siempre y así seguirá, no puede ser de otro modo, porque todos los elementos del cosmos están organizados así originariamente.

Un átomo siempre tendrá un núcleo formado por protones y neutrones y los electrones orbitarán a su alrededor, y eso es lo que hace al átomo ser átomo, pues de lo contrario, dejaría de serlo. El átomo, aunque no se pudiera descubrir su estructura hasta el siglo pasado, siempre ha existido y siempre ha sido así, ese es su diseño original y no se puede cambiar. Con esto queremos decir que no se puede modificar la manera en que los elementos que forman el universo están estructurados y organizados, porque entonces reinaría el caos y las cosas dejarían de ser lo que son. Por lo tanto, consciencia, energía y materia están jerarquizados en ese orden desde el Origen y este fue su “diseño original” porque de este modo se garantizó, garantiza y garantizará la continuidad de la existencia.

No puede existir materia sin energía. Sobre esto ya hablamos en el artículo Materia. La materia hay que entenderla como un estado de la energía, un producto de la misma, ya que, si observamos la realidad a nivel cuántico, los componentes que forman la materia son energía en estado puro. La materia no genera energía, sino que es la energía la que tiene la capacidad de manifestar o generar materia a través de su compactación o densificación frecuencial. En el universo, la energía existe “antes” que la materia, de hecho, prácticamente todos los niveles, planos y estructuras de la Creación son inmateriales y solo una ínfima parte de ellos se podrían considerar materiales. Por lo tanto, la materia no existe sin la energía, porque es el resultado de esta.

Ahora bien, si damos un paso más allá, lo cierto es que no puede existir energía ni materia sin consciencia, porque para que la energía y la materia existan es necesaria una consciencia que las observe, las identifique o interactúe con ellas.

¿Quiere decir esto, como algunas corrientes filosóficas postulaban, que nada existe sin la presencia de un observador o de un sujeto? Efectivamente, pues la presencia de un observador –que no tiene por qué ser una persona física o un ser humano– implica un componente de consciencia, sin el cual no se podría presenciar ni medir la energía ni la materia, ya que así funciona y se sostiene la Creación: la realidad y todos los elementos que observamos, vemos y tocamos solo «existen» si hay una consciencia que sostiene la energía que forma la materia de esos elementos que observamos, vemos y podemos tocar.

Explicado a la inversa, por si se entendiera mejor, diríamos que todos los elementos materiales y tangibles, cualesquiera que sean, están formados por energía y ésta se “sostiene” y existe por la consciencia que la observa. Una mesa, un libro o una flor están formados por energía y esta energía que compone estos elementos existe gracias a la consciencia, que es la encargada de “dar existencia” a esa energía, de sostenerla, de mantenerla estable y permanente. Por lo tanto, la consciencia garantiza y permite que la energía exista y, por ello, que todas las “cosas” materiales –que están formadas por energía– existan.

Que la consciencia influye en la materia y que ésta no existe sin la presencia de un observador no es algo novedoso. Ya a inicios del siglo XVIII, el filósofo George Berkeley lo expresaba así en su libro Tratado sobre los principios del conocimiento humano: «No existen cosas con independencia del espíritu que las percibe» y muchos otros después siguieron la misma estela. Incluso si nos remontamos tiempo atrás, las antiguas doctrinas hindúes ya nos decían que la realidad era maya, una ilusión para nuestros sentidos. Existen ya múltiples fenómenos y experimentos realizados en los últimos años en el ámbito de la física cuántica, como el famoso experimento de la doble rendija, el imaginario gato de Schrödinger, el colapso de la función de onda, el entrelazamiento cuántico, la superposición de estados, etcétera, que muestran y verifican que lo que llamamos “realidad” no existe hasta que no es observada. Aunque la mayoría de los científicos no terminen de aceptarlo y se inventen teorías como la decoherencia cuántica, ligada a la suerte y a la probabilidad, haciendo retorcidos intentos para falsear o eliminar a la consciencia de la ecuación, es evidente que existe un factor consciente que influye en las observaciones, pero que evidentemente no pueden explicar ni comprender porque, de inicio, no comprenden bien qué es la consciencia.

Si “desaparece” la consciencia, se disipa la energía y se disuelve la materia. Si no hubiera un observador, nada de lo que percibimos existiría, pues todo desaparecería en cascada siguiendo la estructura jerárquica que hemos explicado.

Ahora bien, la pregunta que surge es: si esto realmente es así, si es la consciencia la que proporciona existencia a todo lo que vemos, ¿por qué no desaparece la mesa cuando la dejo de observar, por qué sigue existiendo la flor en el campo aunque nadie la mire? Porque, como decíamos, un observador no implica un ser humano, una persona o un animal.

No somos los únicos seres conscientes que existen, de hecho, ya explicamos en el artículo anterior que todo tiene consciencia, que cada partícula del universo es consciente de sí misma. Por extraño que pueda parecer, las partículas que forman la mesa, la flor o un árbol son conscientes de que existen y siempre están observándose a sí mismas, por tanto, aunque no haya ninguna persona o consciencia externa que las observe, se dan a sí mismas la existencia, sosteniendo su energía y su materia. Por lo tanto, es la propia consciencia y autobservación de las partículas que forman todo lo que existe la que permite y asegura que todo exista.

Este mecanismo garantiza la continuidad de la existencia, porque la consciencia que forma las cosas siempre está activa y autobservándose, tiene la capacidad de estar focalizada constantemente en sí misma, y esto permite que la realidad que vemos sea estable y no cambiante, que todo permanezca en su sitio, con sus formas, características y colores, que lo que hoy es rojo, mañana sea rojo y no azul, que el árbol que está en la naturaleza, siga allí siempre, sin desvanecerse o deshacerse aunque no haya ninguna persona observándolo, porque las propias partículas que forman ese árbol se autobservan y “velan” por que el árbol siga allí siempre. De este modo, se asegura la estabilidad y sostenibilidad de la Creación, permite que exista una realidad base e idéntica para todos, un mismo escenario permanente y coherente, aunque cada uno lo perciba de manera distinta.

La existencia se reduce a la percepción de la consciencia. Si existimos es porque siempre hay una consciencia consciente de nosotros, que nos observa y percibe permanentemente, sosteniendo la energía que forma la materia y garantizando así la continuidad de todo lo que existe.

Es de este modo cómo la consciencia, la energía y la materia, estos tres aspectos, cualidades y elementos que forman la tríada de la Creación, están entrelazados, jerarquizados e interrelacionados. Ninguno de ellos podría existir sin los otros. Ninguno de nosotros podríamos existir sin ellos.