Consciencia

Consciencia

«¿Qué es la consciencia?» es probablemente una de las mayores preguntas que se ha planteado a lo largo de nuestra historia y que ha tratado de responder todo aquel buscador de la verdad. Se ha intentado explicar la consciencia desde enfoques idealistas, materialistas, dualistas, monistas, subjetivistas, empiristas, cientificistas, fisicalistas, etc., con resultados muy dispares y, en la mayoría de ocasiones, contradictorios entre sí.

No vamos a exponer aquí siglos de reflexión e investigación sobre la consciencia, porque las respuestas, ideas y perspectivas, así como las disciplinas desde las que ha sido tratada esta cuestión, son muy amplias y variadas, no hay consenso entre ellas y tampoco es ese el objetivo de este artículo, pero sí ofrecer algunos conocimientos, ideas y perspectivas que se alejan de lo oficialmente aceptado y del dogmatismo vigente para poner a la consciencia en el lugar que le corresponde.

Lo cierto es que, a pesar de haber abordado el tema desde infinidad de perspectivas y campos durante siglos, no se ha avanzado mucho en lo que se refiere a la comprensión de la consciencia, pues aún sigue siendo un misterio para la humanidad. Se siguen discutiendo argumentos planteados en los albores de la humanidad y rellenando libros, tesis y artículos académicos con interminables disertaciones filosóficas, neurocientíficas y psicológicas que arrojan poca luz sobre el asunto.

En términos generales, se suele definir la consciencia como un estado que nos permite ser autoconscientes de nosotros mismos y de nuestra propia existencia, así como de la existencia de otros, del entorno que nos rodea y de lo que sucede en él. Pero en esta definición, tan escueta e insustancial, en realidad no se define qué es la consciencia, sino en qué consiste y cómo se manifiesta.

En general, como en tantas otras cosas, de la consciencia se habla mucho, pero se sabe muy poco. Lejos ya de la visión platónica o cartesiana acerca de la consciencia, donde se entendía que ésta era “algo” separado del cuerpo, una psyché o entidad extracorpórea, dando lugar al dualismo de mente-cuerpo, el paradigma contemporáneo se decanta por la postura materialista y neurológica, considerada más acertada y verídica, donde se entiende la consciencia como un fenómeno emergente del cerebro, “algo” que surge de la actividad y el procesamiento neuronal en el interior de nuestro cerebro, descartando por completo cualquier elemento extracorpóreo o inmaterial.

La neurociencia insiste en hacernos creer que la consciencia está en el cerebro, pero lo cierto es que la consciencia no está en nuestro cuerpo, no es algo material, no es el producto de procesamientos neuronales extremadamente complejos y no es nuestra mente. La consciencia está “más allá”, trasciende los límites de la materialidad.

Así como no se puede explicar la materia sin la energía, tampoco se puede explicar la consciencia sin la energía. ¿Por qué? Porque para comprender la consciencia hay que salirse de lo material y entrar en lo energético, hay que salirse de la realidad limitada por nuestros sentidos ordinarios y expandirse hacia otros niveles, hacia otras fronteras y horizontes que están más allá de lo conocido y lo ortodoxo.

En el artículo de Energía decíamos:

Todo es energía, en diferentes estados, con diferentes características y propiedades y a diferentes niveles de vibración, frecuencia y existencia. Nada existiría sin ella, pues todo, absolutamente todo, está formado por ella.

Y es correcto, pero parcialmente, porque en ese momento nos faltó añadir un componente fundamental: la consciencia.

Cuando se dice que «todo es energía» –una definición que para muchos es todo un paradigma sobre el que se asienta su modo de vivir y concebir la realidad– se obvia otro componente esencial que forma parte del entramado de la realidad y del que solemos olvidarnos por no ser tan evidente y no tener forma de comprobarlo empíricamente.

En el anterior artículo, también escribíamos:

Para empezar, diremos, sin entrar aún en detalles, que la energía es un componente primario y esencial de la Creación, uno de sus pilares fundamentales, presente en todos y cada uno de los elementos que la componen.

Como se intuirá, el otro pilar al que aludíamos es la consciencia, que también está presente en todos y cada uno de los elementos que componen la Creación, aunque para muchos sea más difícil aceptarlo.

Entonces, ¿qué es la consciencia?

La consciencia es un atributo, una cualidad, una característica intrínseca a todo lo que existe, es un componente metafísico, universal, infinito y “divino”.

Todo tiene consciencia. No existe absolutamente nada en este universo que no posea consciencia. Está presente en cada elemento, en cada célula, en cada átomo, en cada partícula existente en este vasto universo. Y lo mismo podríamos decir sobre su compañera inseparable, la energía, otro atributo o componente esencial que forma todo lo que existe.

La consciencia no se puede tocar, no se puede ver, no se puede descubrir ni comprobar desde una perspectiva analítica, racional, lógica y empírica, porque su naturaleza no es material; no se puede demostrar mediante ningún experimento científico o procedimiento tecnológico, porque está más allá de todo lo conocido por la humanidad y es completamente inaccesible desde sus primitivos instrumentos, tecnologías y herramientas.

Nunca se va a poder demostrar la consciencia, porque no es “algo” demostrable. La consciencia se experimenta, se percibe, se siente, se sabe, se tiene, se es, pero no es posible explicarla con argumentos lógicos ni demostrarla con experimentos científicos o excéntricas teorías, porque difiere por completo de todo esto. Por mucho que los científicos observen y estudien todas las partes del cerebro y las zonas de mayor actividad neuronal para encontrar la consciencia, nunca podrán hacerlo, porque sencillamente no está ahí. Será como buscar a un “fantasma”, algo que se manifiesta de algún modo u otro en el cerebro, que deja sus “huellas” ahí, pero que no está en el cerebro.

Por lo tanto, si no está en el cerebro, ¿dónde se encuentra? La consciencia está en todas partes y esto es posiblemente lo que más cuesta entender. Cada partícula del universo, forme parte de una piedra, de una planta, de un ser vivo o de un planeta, es consciente de sí misma. Las partículas subatómicas, los átomos, las moléculas, las células, los órganos que nos componen tienen consciencia; nuestro cuerpo, un árbol, un animal, un grano de arena o incluso algo aparentemente inerte y sin vida como un edificio, un zapato o cualquier objeto tienen consciencia, porque cada partícula que los forma posee consciencia.

Evidentemente, que todo posea consciencia no implica que todo posea la misma consciencia. La consciencia de un edificio, de un lapicero o de una silla no es igual que la consciencia de un mineral, una planta o un ser vivo. Esto significa que existen jerarquías y grados de consciencia en los distintos elementos de la Creación. La razón o el motivo de esto será explicado más adelante, pues aún nos faltan conocimientos previos para poder explicarlo.

A esta visión de la realidad tradicionalmente se le ha denominado pansiquismo, del griego pan (todo) y psique (alma, mente, consciencia), algo que antiguos pensadores conocían a la perfección. «Todo está lleno de dioses», decía Tales de Mileto, uno de los considerados primeros filósofos de la historia, haciendo referencia a que todos los elementos y componentes de la realidad poseen cualidades “divinas”, una esencia viva, una inteligencia o logos, un pneuma o nous (esencia, alma, espíritu, aliento vital), como lo llamaban los griegos, una anima mundi o consciencia universal que opera a través de todo y de todos.

Esta comprensión del mundo se ha desvanecido y en la actualidad el pansiquismo se ha desvirtuado por completo y ha perdido su esencia original. Quienes hoy siguen el pansiquismo –aunque hay muchas variantes y ramas dentro de esta corriente– suelen reducir la consciencia a la mente, que son dos cosas que, aunque relacionadas, no tienen nada que ver. Cuando los filósofos y pensadores de la antigüedad usaban los términos de logos, nous, anima, pneuma, psique u otros similares, en esencia se estaban refiriendo a la consciencia, pero no como se entiende en la actualidad, como una simple inteligencia o mente con la capacidad de procesar ideas y generar conceptos o como un fenómeno que emerge de la actividad neuronal, sino como ese atributo metafísico, espiritual, eterno, universal y divino presente en todos y cada uno de los componentes de la infinita Creación.

Otra vez más, la sabiduría y comprensión que tenían los antiguos sobre la naturaleza de la realidad estaba más cerca de la verdad que en el momento actual, pero como suele suceder, por alguna extraña razón ese conocimiento se pierde y se desecha. Creer que la consciencia es algo tan simple y burdo como un fenómeno resultante de procesos meramente cognitivos o la capacidad para experimentar sensaciones subjetivas o qualias, como las llaman, es, sencillamente, no tener consciencia y demuestra que la humanidad en realidad no ha avanzado tanto como pudiera parecer. Teniendo esto en cuenta, es relativamente fácil entrever y sospechar que durante el transcurso de la historia ha existido una especie de “mano negra” que ha actuado desde las sombras, alterando, manipulando y distorsionando los verdaderos conceptos y ocultando el conocimiento real, porque de no ser así, no se explica cómo es posible que lo que ya se conocía en tiempos remotos ahora se haya olvidado o se haya desvirtuado tanto que parezca irreconocible, falso y completamente distorsionado.

La consciencia aún es un misterio sin resolver para la mayor parte de la humanidad y lo seguirá siendo durante un largo periodo. El motivo de esto, en realidad, es muy sencillo: no se puede entender la consciencia desde la inconsciencia. La humanidad vive sumida en una amnesia colectiva, una inconsciencia perpetua desde la que se intenta comprender el “misterio” de la consciencia. Lamentablemente, el misterio seguirá siendo tal hasta que se abandone ese estado de inconsciencia colectiva, porque solo desde la consciencia se puede comprender qué es la consciencia. Esto, que parece una obviedad, en realidad esconde un significado profundo. Y es que con la consciencia ocurre algo muy especial: quien la tiene, sabe lo que es y sabe que es lo que es; quien no la tiene –o no recuerda que la tiene– la busca y, en el mejor de los casos, después de mucho buscar, la encuentra, dándose cuenta en ese instante de que siempre ha sido lo que siempre ha estado buscando.

La consciencia se es o no se sabe, se tiene o no se es. No existe la posibilidad de saber qué es la consciencia si no somos conscientes de que somos consciencia.