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30 de noviembre de 2020

Pasé tardes de lluvia y tormenta en el preludio de esta historia. Días grises, días negros. Otros días simplemente necesitaba descanso.

Todo estaba ajetreado interna y externamente. Cuando empecé a darme cuenta, todo se vino encima… Y siempre la misma pregunta: «¿por qué pasa esto?»

No encontré hasta unos años más tarde la respuesta a mi pregunta, pregunta que resultaría de vital importancia para todo aquello que tras ese tiempo padecí en silencio.

Pasaron los años y las agujas del reloj nunca descansaron, pero ahí seguía, intentando salir de aquel laberinto que construí en mis adentros, que con el tiempo se fue complicando más y más. Todo era ansiedad, frustración, agonía y no encontraba sosiego en mi alma viendo pasar el tiempo. No encontraba el camino a la salida.

Pasé esa etapa queriendo hacer todo mi trabajo interior deprisa y corriendo y por ello tuve alguna que otra caída, sin contar con la piedra angular de todo ese laberinto, la respuesta a la pregunta: el disfrutar del camino.

Aprendí en el laberinto a fijarme en los pequeños detalles, aprender de ellos y ponerlos en práctica. El tiempo, en todo esto, cobró un papel fundamental, ya que me hizo posar la consciencia y convertirla en conocimiento que, con el tiempo y la experiencia de vida, se transformó en sabiduría.

Me hice todo un experto sobre el laberinto y sus “pruebas”. Aunque pasase por los mismos caminos una y otra vez, siempre aprendía algo nuevo de ellos ahora.

Acabé con el tiempo llegando al final del laberinto. Me percaté de que este no era como otros, ya que su única salida se encontraba en el centro del mismo. En el centro se encontraba la mayor prueba, no tener miedo a salir de allí después de tantos años, ya que al final te acostumbras a esa forma de vivir. No dudé y salí de allí por fin. Ahora solo queda un gran recorrido lleno de grandes experiencias vividas y aquellas que quedan por vivir, eso sí, sin pausa, pero sin prisa.

Con retrospectiva puedo ver en mis inicios que en cada paso que daba, cada rincón de ese lugar que visitaba o los extraños lugares que recorría, todos ellos, me llevaban siempre a un mismo lugar, la ansiedad evolutiva interna que padecía.

La ansiedad evolutiva oprime al alma que decide experimentar, le hace vivir una tortura, porque el alma no puede trabajar y realizar su misión si la persona no decide primero desatarse las manos antes de ponerse a trabajar. El síntoma de sentirse angustiado no es más que el alma avisándonos de que vamos muy deprisa.

No paraba de oír a mi alrededor el gran trabajo que teníamos por delante en estos años venideros. Tiempos de cambio, momentos de trabajo interno y evolución, encontrar paz interna sin saber cómo controlar el ruido. Todo esto desarrolló de golpe, por la inconsciencia de muchos años, la necesidad de correr y ponerse a hacer un trabajo que nunca se había empezado a realizar.

Muchos momentos del pasado yendo a prisa pasan por mi cabeza. Momentos que, por correr, no disfruté de las experiencias vitales que podría haber obtenido; momentos de querer leer o informarme de todo para aprender lo más rápido posible, sin pausar los pies, cosa que, si hubiera hecho, parar y fijarme con tranquilidad en los detalles ocultos a simple vista que había en cada frase, podría haber aprendido aún más de la experiencia de todo ello.

Pasados pocos meses, aprendí de la experiencia que el correr cansa, la mente se fatiga y la vista engaña, pues, el poner freno al ansia, daría un resultado final de conocimiento vital y, sobre todo, la parte fundamental de comenzar el camino espiritual, disfrutar de la experiencia, escuchar atentamente y no querer correr ni estar como otras muchas personas que, sentimos, van por delante de nosotros.

La clave para salir de la ansiedad evolutiva, como del laberinto, es aprender de los pequeños detalles y ponerlos en práctica con el tiempo que se necesite, frenar en el camino y disfrutar del mismo, para encontrar la salida.