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1 de diciembre de 2020

Un manto de nubes denso cubría las laderas del monte donde se encontraba la escalera para llegar al pueblo cercano al Laberinto Kea. Se podían llegar a ver los primeros escalones cuesta abajo. Tras ellos, los siguientes parecían desvanecerse entre la bruma de las nubes, sin poder llegar a ver el valle que allí abajo me esperaba.  

La zona que debía transitar para llegar correctamente al pueblo es comúnmente conocida como el Umbral. Zona, como muchas otras, que fue marcada como un gran punto de choque en la consciencia humana, un lugar sagrado de tránsito para la evolución humana, que como contaban las antiguas escrituras de los sabios, al paso del tiempo, harían renacer a una gran masa como una nueva humanidad, que se liberaría de su yugo y despertaría del sueño, al igual que parte de la misma más consciente, metamorfosearía y enraizaría la futura y nueva humanidad, conocida como Hesiels por los Grandes Sabios de los templos.

Este conocimiento, al igual que muchos otros, fueron olvidados por la mayoría a través del tiempo y el espacio. Unos pocos recordaban el sagrado conocimiento antiguo y fueron los que mantuvieron la conexión con lo divino y el conocimiento. Las escrituras decían que este conocimiento libre sería de nuevo entregado por aquellos que preservaron el sagrado conocimiento antiguo en el momento donde todo convergiría en un mismo espacio-tiempo, donde los muros y pilares de la gran masa de la humanidad en los que se asentaban caerían por fin tras desvelarse las grandes mentiras que la mantenía a flote. Dicho conocimiento haría resurgir entre las cenizas del pasado el tierno brote blanco de la consciencia que nunca murió y cambiaría el destino de la humanidad…

En el transcurso, mientras recordaba las antiguas escrituras ladera abajo, vi las señales que marcaban la entrada al Umbral. Cerca ya del acceso al boscoso valle sagrado, por las escaleras en la falda de la ladera, se encontraba el acceso, el Arco del Destino, formado en su totalidad por dos grandes árboles con una enorme copa blanca cada uno. Desde la posición visual en la que me encontraba, podía ver sellos sagrados en el lomo de la corteza de los dos árboles que formaban el arco. Ya de cerca, podía ver que estos símbolos también formaban un arco desde el nacimiento del tronco del primer árbol, situado a la izquierda, pasando la copa del mismo al otro de la derecha, hasta donde mi vista podía dibujar el nacimiento del mismo, ya que la maleza lograba semi-ocultarlo. Me pareció ver brillar por un instante en luz las serigrafías impresas en los troncos de los árboles. Este acceso era salvaguardado por dos guardianes, los cuales moraban dentro de estos árboles. Kírian y Keinar, así se me presentaron.

Con un gesto de gratitud respondí y me presenté. Preguntaron de dónde venía y hacia donde me dirigía y les respondí que conseguí salir de Kea e iba rumbo al pueblo cercano de donde nos encontrábamos. Me contaron que dentro del Umbral podría evitar no sufrir llevando puesto un velo en la mirada, pero yo no accedí. Me advirtieron de que la bruma que esperaba tras los primeros pasos tras cruzar el portal tenía el poder de confundir a las personas, de doblegarlas, y tras ello, me dieron su bendición y desearon no me perdiera entre la densa bruma que esperaba al pasar el portal. Les honré abrazando a cada uno de ellos por su amor y deseos hacia mí. Minutos más tarde traspasé el acceso y proseguí mi camino.

Dentro del valle comencé a percibir el ambiente y su carga energética. El lugar guardaba una gran carga de energía densa, “negativa”, un enorme egregor que se hacía cada vez más pesado cuanto más me iba adentrando en el lugar. Mirando alrededor, el boscoso valle se tornaba cada vez más oscuro cuanto más tiempo permanecía inmóvil, observando. El efecto no procedía de la luz del ambiente, sino del egregor energético que había en aquel lugar al que la multitud de personas que, como yo, andaban intentando encontrar su camino o buscándolo entre la bruma sinuosa, estábamos conectados. El miedo y la desesperación a perderse del camino que había en aquel inmenso lugar, y que se iba acumulando de cada una de las personas que iban adentrándose, era cada vez mayor, ya que pocos conseguían salir de allí en poco tiempo. No pude evitar recordar lo advertido por Kírian y Keinar, dos de los guardianes de este lugar. La bruma dentro del valle tenía el poder de mostrar los temores más profundos, los miedos más oscuros, podía hacerte confundir hasta un mismísimo hermano con un monstruo.

Seguí mi camino y podía percibir que había cerca otras personas como yo, en búsqueda de su destino, pero no conseguía poder verlos tras la brumosa y mística niebla.

Me encontraba ya un poco perdido en aquel lugar y decidí poner en práctica toda la experiencia que recibí en el Laberinto. Cerré los ojos para ver con los del alma y ella guió mis pasos. Iluminó cada paso con su consciencia mostrándome el sendero para llegar al destino al que me dirigía. Ahora todo cobraba sentido para mí al ver con los ojos del alma, cosa que antes no podía ser. El abrir los ojos, tras haberlos cerrado para oír al alma guiarme, fue lo mejor que pude hacer en ese momento.

Caminando unos pasos adelante choqué con lo que parecía ser una persona que apareció de la “nada” entre la niebla. Era un hombre.Tenía la boca tapada con una tela semitransparente y volátil, como de humo, que le imposibilitaba expresarse y comunicarse con los demás. Parecía ser creada con la propia niebla del lugar. En sus ojos, llevaba un gran velo que supuestamente le protegería de lo que vería aquí dentro, pero que le impedía ver con claridad el mundo que le rodeaba. Estaba cubierto como de un “barro” negro, seco, muy pesado, el cual no le permitía fluir en su camino y a su vez le hacía más complicado poder salir de aquel lugar. Estaba muy asustado, tenía miedo a todo aquello que le rodeaba por no poder saber ni ver que había a su alrededor, si una amenaza o una persona. Era una de las muchas personas que accedieron a no querer ver cómo sufría el mundo con los ojos del alma y dejarlos tapados para volverse indiferentes del mismo, de no ayudar a quien lo necesitase. En sus esfuerzos de saber con qué o quién se chocó y el miedo que le dominaba hicieron que su parte instintiva emergiese y se comenzó a alterar y frustrar tan rápidamente que acabó defendiéndose de mí, hasta el punto de creer que era una amenaza, alejándose así unos metros de distancia en postura agresiva. Por mucho que intentaba hablar con él y calmarle, no servía de nada, no podía verme tal y como era, ni quería escucharme. Dejó de ser persona al olvidarse del velo que el mismo decidió colocarse y dominarle su instinto, convirtiéndose en un monstruo por el miedo, capaz de quitar la vida a otra persona por salvar la suya.

Fue en ese momento donde me di cuenta del mensaje cifrado que Kírian y Keinar me habían dejado sobre el velo. El velo iba sacando de dentro lo peor de cada uno al no querer ver con el alma, dejando a su vez dentro de la persona un espacio vacío que podría ser llenado con la luz de la consciencia y el amor. El valle, lleno de niebla, estaba jugando un papel fundamental para todas las personas. Les enseñaba a amar y a confiar en aquello que no pueden ver ni entender. En ese instante, comprendí que casi todas las personas decididas a no ver carecían de mucho amor hacia sí mismo. Un amor real que nunca recibieron en sus vidas y que todo el mundo se merecía.

Sentía empatía por ese hombre, había sufrido mucho en su vida, estaba cabizbajo, con los hombros caídos cuando le vi por primera vez. Supe que lo que iba a hacer podría tener repercusiones para mí, conocía los riesgos. Fui decidido a abalanzarme sobre él para abrazarle… No tenía miedo a que me hiriera. Mientras me dirigía hacia él, mi alma se manifestó hablándome desde dentro:

«El fin es el Amor. Será lo único que salvará a todos»

Un instante tras este comunicado conseguí abalanzarme sobre el hombre y, hecho esto, quiso pegarme con odio y miedo mientras yo le decía que le quería, que era mi hermano, al igual que el resto, que me reconociera, que se reconociera, que abriera su corazón y mirase de nuevo el mundo al que dejó de pertenecer hace tiempo por no querer verse sufrir en los demás. Fue bajando la intensidad de su fuerza en cada puño, hasta quedar reducido en un llanto y un abrazo, mientras que yo, malherido pero con una inmensa alegría interna, conseguí ver brillar por fin, donde antes había desolación y vacío existencial, la luz del amor resurgir.

Al mirarle a la cara, pude ver como el velo de su mirada se desvanecía en luz entre la niebla ante mis ojos, dejándose ver tras ello los brillantes y puros ojos de su alma. No podía evitar su cargo de consciencia y, al quererme hablar, en un destello desapareció el telar que oprimía la voz de su alma, dejándose ver, aún desdibujada, su sonrisa. Le asistí y ayudé. Momentos más tarde decidió quedarse a ayudar como yo hice con él a los demás y todo siguió su rumbo. En un abrazo nos despedimos y hasta siempre nos dijimos.

Siguiendo el sendero de mi destino, mi alma guiaba mis pasos y conseguí llegar a la salida de aquel lugar, esta vez, ahora el camino era cuesta arriba y podría ver de nuevo la luz del Sol. Llegando ya a un cercano Arco del Destino, podía ver cómo la niebla comenzaba a clarearse y desaparecer entre la luz.

Crucé orgulloso el portal al conseguir encontrar guía en mí y ayudar al hombre que más lo necesitó. Por un gesto de amor se creó un movimiento en cadena en el que todos los que allí se encontraban acabarían cooperando unidos y ayudándose, en un futuro, para salir juntos de aquel lugar.

Dejando atrás a muchas personas en el Umbral, comencé a ascender la cuesta hacia mi próximo destino. Ya en altura, al girarme para ver lo que dejaba tras de mí, el peso de un antiguo mundo consumido por el miedo a los demás, a uno mismo y a la propia muerte, dejaba paso ahora para mí un nuevo hogar, una nueva Tierra, un mundo nuevo…