Multidimensionalidad (I): Cosmovisiones Antiguas vs. Moderna

Multidimensionalidad (I): Cosmovisiones Antiguas vs. Moderna

La base para poder concebir y entender todo lo que de ahora en adelante se va a escribir en este libro es comprender el concepto de multidimensionalidad. Esto implica asumir que el plano físico, material y orgánico es solo una ínfima parte de todo lo que existe. Topamos, pues, con las fronteras y los límites del paradigma científico actual, ya que nos adentramos en un conocimiento que es inobservable, inconmensurable e indemostrable a través de los métodos, sistemas, herramientas e instrumentos de los que dispone la ciencia actualmente para el estudio de la realidad. Entramos en un mundo que no se puede ver, no se puede tocar, no se puede oler ni oír con nuestros sentidos ordinarios ni con sus extensiones y ampliaciones, esto es, la tecnología que poseemos.

Si bien el conocimiento sobre la multidimensionalidad ha existido desde antiguo, con el devenir del tiempo esta visión del mundo se ha ido “desterrando” y ocultando deliberadamente, siendo reemplazada por nuevos sistemas de creencias “actualizados” a los avances científicos que en cada época han ido sucediéndose.

En el paradigma contemporáneo se contempla la realidad mayoritariamente desde una óptica “unidimensional”. Esto no significa que nuestra realidad se componga de una sola dimensión, en un sentido matemático, sino que se asume, de manera más o menos consensuada, que la realidad que percibimos y con la que interactuamos es la única que existe.

Esta concepción dista mucho de la visión que antiguas tradiciones, culturas y filosofías contemplaban acerca de la naturaleza de la realidad. Aunque con diferentes configuraciones, todas ellas tenían una cosmovisión multidimensional de la existencia. Los ejemplos son numerosos:

Según la cosmología budista, el universo está compuesto por 31 planos de existencia (lokah) de manera vertical, superpuestos unos a otros y jerarquizados, divididos a su vez en tres reinos o mundos (dhatus), cada uno de ellos vinculados a diferentes estados del ser o estados de consciencia: el Reino del Deseo (Kamadhatu), el mundo sensorial  y de las pasiones, en el que habitan, junto con otros seres, los humanos; el Reino de la Forma (Rupadhatu), compuesto por materia sutil, morada de los devas (“deidades”); y el Reino sin Forma (Arupyadhatu), un mundo completamente inmaterial y atemporal, morada de seres sin forma y sin extensión.

En la Antigüedad Clásica, Platón y muchas otras corrientes posteriores derivadas de sus conocimientos, como el neoplatonismo, concebían la realidad de manera dualista, dividiéndola en dos “mundos” con características contrapuestas: el mundo sensible –material, imperfecto, finito, cambiante– y el mundo inteligible o mundo de las Ideas –inmaterial, perfecto, eterno, inmutable–. El mundo sensible, la realidad física, material y tangible, es solo una “sombra”, una copia, una imitación imperfecta de la verdadera realidad, el mundo inteligible, una realidad metafísica, donde se hallan las Ideas, “entes”, esencias, formas intangibles e inmutables, ajenas al cambio, de las que se derivan todos los objetos y seres físicos. Este mundo inteligible o Hiperuranio (“más allá de los cielos”), era para los platónicos, el arquetipo, el “molde” sobre el que se basa y deriva la realidad por la que nos movemos día y a día y que captamos con nuestros sentidos.

Posteriormente, las principales corrientes vinculadas al gnosticismo siguen la estela de Platón y de los neoplatónicos y recogen muchos de sus preceptos, dividiendo el mundo en dos niveles: el mundo inferior de la materia y el mundo superior de la luz (Pléroma), del que emanan los eones, seres divinos y eternos con la capacidad de crear universos, mundos y materia.

Desde otra parte del planeta, en la cosmología maya, recogida en el Popol Vuh y en diversos grabados y textos, así como en otras culturas mesoamericanas, como la azteca o diversos pueblos nahuas, se presenta al universo compuesto por tres niveles: el supramundo, también llamado “los trece cielos”, formado por trece niveles y regidos cada uno por trece deidades o energías superiores; la tierra o el mundo, nuestro hogar; y el inframundo,  “las nueve regiones” o el Mictlán, compuesto por nueve niveles, donde habitan otro tipo de seres contrarios al ser humano.

La cosmología chamánica, de igual modo, divide la realidad en tres “mundos” o niveles: el mundo de abajo, morada de los animales de poder, tótems y espíritus de la naturaleza; el mundo medio, lugar donde habitan los seres humanos; y el mundo superior, hábitat de seres, guías y espíritus celestiales; tres niveles de realidad entre los cuales el chamán puede “viajar” a través de estados alterados de consciencia, usando para ello diversos métodos inductivos como plantas sagradas, instrumentos musicales (tambores, maracas, sonajeros, etc.), íkaros o cánticos, etcétera.

Por su parte, la Cábala nos habla de una cadena descendente de Mundos Espirituales (Olamot) entre Dios y la Creación, cada uno de los cuales más sutiles y cercanos a la “Luz Infinita Divina” (Or Ein Sof). Estos mundos, tradicionalmente cuatro (Atziluth, “Emanación” o Mundo Arquetípico; Beriah, “Creación” o Mundo Creativo; Yetzirah, “Formación” o Mundo Formativo; Asiyah, “Acción” o Mundo Material), aunque en algunas corrientes cabalistas como la luriánica se habla de cinco (los cuatro anteriores más otro llamado Adam Kadmon), representan los diferentes “envoltorios” o “vestiduras” de Dios, los estratos que forman realidad, y se vinculan con las diez sefirot, emanaciones o atributos de Dios, que se reflejan en el conocido Árbol de la Vida.

Más recientemente, doctrinas como el hermetismo, el rosacrucismo, la masonería, la teosofía o la antroposofía, aunque con distinta nomenclatura o terminología, suelen representar la estructura cosmológica en siete niveles o planos de existencia, que se dividen a su vez en siete subplanos, desde el físico y más denso en el que vivimos, hasta el más sutil o espiritual.

Muchas otras tradiciones y filosofías orientales, como el hinduismo, el jainismo, el zoroastrismo, el confucionismo, el taoísmo o el sufismo, no son tan específicas con respecto a la clasificación o estructuración del universo y de la realidad, pero en sus conocimientos está implícito y subyace la idea de seres, principios, elementos y cualidades metafísicas, inmateriales, divinas y espirituales. Así, nos encontramos con conceptos como atman, brahman, moksa, karma, akasha, kundalini, nirvana, ying, yang, tao, prana, qi y otros tantos que, aunque menos conocidos, revelan y ejemplifican a la perfección esta cosmovisión multidimensional.

Y así podríamos seguir ad infinitum: civilizaciones y culturas precolombinas como la andina y la mesoamericana, civilizaciones en Oriente Próximo, culturas y pueblos europeos como los celtas, los germánicos o los britanos, culturas esquimales de América y Siberia, tribus de diversas regiones africanas, aborígenes australianos y numerosos pueblos indígenas de todos los continentes del planeta. No importa la época o el lugar, desde el hemisferio Norte al hemisferio Sur, desde Oriente a Occidente, desde las regiones más septentrionales a las más meridionales, en todo el planeta, a lo largo del tiempo, han existido multitud de pueblos, civilizaciones y culturas con una cosmovisión multidimensional de la existencia.

Aunque difieran en los términos, la estructuración y las características, todas coinciden en la existencia de múltiples “mundos” o reinos. La idea general ha sido siempre la misma: además del mundo que vemos y por el que deambulamos en nuestro día a día, existen otras realidades “superiores”, inmateriales o más “sutiles”. Y en ninguna de estas tradiciones se consideraba la realidad material como la única existente, sino como una más de tantas otras.

¿Qué es lo que ha ocurrido? ¿Qué nos ha llevado a ver la realidad física como la única que existe, cuando en nuestros orígenes comprendíamos que la realidad que podemos captar con nuestros sentidos es solo una parte de todo lo que existe? ¿Por qué todo este conocimiento se califica actualmente, de manera completamente despectiva y distorsionada, como “místico”, “religioso”, “arcaico”, “sobrenatural” y completamente irracional, anteponiendo el pensamiento contemporáneo al antiguo, considerando a este primitivo y argumentando en su contra que hace siglos no existían los conocimientos y avances culturales y tecnológicos que existen ahora?

Es evidente que en los últimos siglos ha habido un claro propósito destinado a ocultar, denostar y descalificar esta concepción multidimensional de la realidad, que ha ido quedando eclipsada por un conocimiento a priori más “racional”, “objetivo” y “científico”, medible, cuantificable, empírico y menos ligado a “supersticiones” o creencias culturales y/o religiosas.[1]

Los motivos y causas detrás de esto son muchos y no es ahora momento de explicarlos, pues aún son necesarios conocimientos previos para poder comprenderlos, pero, para proporcionar una breve explicación, tienen que ver con la programación, manipulación y subyugación de la humanidad a través de la creación de conflictos destinados a mantener a los seres humanos peleándose entre sí mediante el eterno juego de la dualidad y los opuestos para desviar su atención de los aspectos más esenciales e importantes de su existencia.


[1] NOTA: Para evitar posibles confusiones e interpretaciones erróneas, al explicar esto, no queremos posicionarnos en contra ni a favor de ninguna de las cosmovisiones que aquí se explican, ni queremos decir con esto que las cosmovisiones antiguas sean verídicas y la actual no o viceversa, pues estaríamos entrando en el “juego de la opuestos”. La idea principal que se quiere transmitir es que siempre ha existido un conocimiento “metafísico”, por llamarlo de alguna manera, de la realidad; y, aunque es correcto que hace siglos no existía el nivel de consciencia y conocimiento que se tiene en la actualidad y que este mismo conocimiento siempre ha estado muy manipulado por los “dirigentes” del planeta a través de las religiones, la fe y los sistemas de creencias (este es otro tema muy extenso en el que no vamos a introducirnos de momento, pues daría para otra serie de artículos), no quiere decir que haya que “desecharlo” o desestimarlo por completo, ya que, en líneas generales, en todo siempre hay parte de verdad. Hay que tener en cuenta que, en cada época histórica, existían o se daban los conocimientos que la humanidad podía comprender. La humanidad del siglo X d.C. raramente podría explicar la multidimensionalidad a través de conceptos complejos de física cuántica, pues su nivel de consciencia no le permitiría captar y decodificar esos paquetes de datos e información. Por ello, se usaban metáforas, alegorías, se hablaba de “mundos”, de “reinos”, de “dioses” (el quiénes eran estos “dioses” de la antigüedad también da para mucho, pero ese tema lo dejaremos para más adelante) y de otras concepciones que, para la mentalidad occidental actual, tan racional y secuencial, parecerían “primitivas” o muy “burdas”, de ahí que actualmente se descalifiquen y desconsideren por completo todas estas cosmovisiones o conocimientos ancestrales sobre la naturaleza de la realidad.