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¿Quiénes somos? ¿Por qué existimos? ¿Por qué existe aquello que vemos en lugar de no existir? ¿Qué es el ser? ¿Qué es la nada? ¿Cuál es el origen de todo lo que existe? ¿Cuál es el origen del ser humano? ¿Qué es real? ¿Es real lo que percibimos por los sentidos? ¿Cómo podemos distinguir lo real de la apariencia? ¿Qué es la verdad? ¿Qué es la consciencia? ¿Qué es el tiempo? ¿Qué es el amor? ¿Qué es el bien? ¿Qué es el mal? ¿Qué es la felicidad? ¿Somos libres? ¿Cuál es el sentido de la vida?

Todas estas preguntas han sido abordadas durante siglos y no pocos han intentado, con mayor o menor acierto, desde distintos campos del saber, tratar de responderlas. Desde la primera cosmogonía de la civilización sumeria, pasando por Tales de Mileto y su pregunta por el arjé o principio último de todo lo que existe, hasta la incipiente, aunque siempre existente, física cuántica, que comienza a “descubrir” lo que antiguas filosofías orientales conocían de sobra.

Lo cierto es que miles de años de historia no han sido suficientes para hallar una respuesta definitiva a las mismas. Hasta la fecha, solo se han efectuado aproximaciones, intentos de respuesta, que únicamente han permitido a la humanidad tener leves atisbos de verdad, porciones incompletas, fragmentos parciales de una Verdad mayor que, por el momento, no ha podido aprehender.

De poco han servido los avances tecnológicos, científicos o culturales en la búsqueda de la verdad, pues las grandes cuestiones que desde hace milenios llevan planteándose siguen hoy sin explicación. Multiplicidad de teorías, hipótesis, estudios y ensayos probabilísticos, pero ninguna verdad definitiva. Para la neurociencia más puntera, la consciencia sigue siendo un misterio; los cosmólogos no pueden definir qué es exactamente el espacio ni el tiempo; y si le preguntáramos a un físico qué es la materia, nos respondería que, simplificando mucho, es energía, trasladando la cuestión a un nuevo concepto que tampoco sabría explicar con precisión.

La causa de ello revela, en realidad, un hecho muy esclarecedor, que trasciende a las propias preguntas. Pues, en efecto, la búsqueda de respuestas a las grandes preguntas es, en el fondo, la búsqueda de uno mismo, el afán invisible e incesante del ser humano por comprender quién es en realidad, el anhelo de volver a la esencia y el núcleo original del que partió.

La búsqueda de la verdad y, por extensión, de uno mismo, comienza con la pregunta. Preguntarse por el universo, por las leyes que lo rigen, por el mundo en que vivimos y por la realidad externa que nos circunda, es preguntarse, en última instancia, quiénes somos en el universo, en el mundo y en la realidad.

Este planteamiento, en absoluto novedoso, ya aparece reflejado en la Tabla Esmeralda como un principio cósmico de correspondencia entre el cielo y la tierra, y siglos más tarde, es recogido en el libro hermético de El Kybalion a través del axioma «como es arriba, es abajo; como es adentro, es afuera». También se hace mención en la Biblia a este principio, en Mateo 6:10, mediante el «hágase Tu voluntad, así en el cielo como en la Tierra». Con él, se refleja una dinámica universal, más antigua que la humanidad misma: al observar el cosmos, podemos conocernos a nosotros mismos; al conocernos a nosotros mismos –un mikro cosmos, para las antiguas tradiciones griegas podemos conocer el cosmos.

Comprendido esto, se hace evidente que las respuestas a todas las grandes cuestiones que han acompañado a la humanidad desde el inicio de los tiempos permanecerán ocultas a su consciencia hasta que la humanidad no se haga consciente de sí misma, porque la realidad externa y la interna están inexorablemente entrelazadas, son dos universos que la consciencia recorre paralelamente.

Este es el prólogo de nuestra historia como humanidad, una humanidad dominada por la inconsciencia, vagando por la vida sin saber adónde va y sin poder responder a preguntas trascendentales, porque ni siquiera sabe responder quién es.

Dentro de un tiempo, cuando le preguntemos a un físico qué es la energía, quizás pueda respondernos que, simplificando mucho la cuestión, es consciencia. Cuando se llegue a esa comprensión, la humanidad estará muy cerca de conocerse a sí misma y será entonces cuando comience la búsqueda verdadera, la búsqueda de la consciencia, «ese gran desconocido» por la humanidad, el misterio insondable, la solución a todas sus incógnitas.

Este es el inicio, el comienzo, el punto de partida, el prólogo de una nueva humanidad liberada de su inconsciencia.

Aquí comienza el viaje hacia la búsqueda de la Verdad, cuyo principio y fin es y será siempre uno mismo.