• Tiempo de lectura:5 minutos de lectura

Añoro aquellos años… Unos años que fueron maravillosos, años en los que ibas por el campo y siempre había alguien que te daba algo, que compartía su trabajo contigo y te regalaba su esfuerzo, su esencia de vida y fin más preciado. Momentos en los que todos te tendían la mano cuando más lo necesitabas y siempre en tu puerta algún vecino o conocido te regalaba o daba algo de comida. Esos años en los que todo era más fácil. Años más humanos…

Ahora las cosas son diferentes, han cambiado. Se ha normalizado que lo que uno tiene no se comparta ni ofrezca a quien lo necesite; que, si antes era noble y de gesto humano mostrar afecto, ahora sea de débiles y cobardes. Algo impropio de un Ser Humano.

 ¿Qué está pasando? ¿Dónde quedaron esos maravillosos años?

Siento que cada vez estamos más desconectados, más deshumanizados. Siento que las tecnologías nos están matando desde dentro y que su control en nosotros es cada vez mayor.

Ahora la moneda de cambio son las personas y no un regalo, regalo que te ofrece una empresa a cambio de tus datos y a su vez se comercializa con el tiempo de vida por un trapo barato.

Es penoso ver a lo que hemos llegado… 

Gloriosos esos años que brindaban alegría, llenos de esperanza, abundantes de vida. Estaban llenos de halagos, de momentos humanos. Son esos momentos que te cambian la sonrisa.

Tras los años se ha olvidado lo que era caminar de la mano, como dos enamorados; se ha perdido la esperanza, se ha perdido el humor en lo malo; el disfrutar el contacto humano, el aliento natural de un beso sin ser sexualizado o el pasar un rato grato entre amigos o la banda del barrio.

Ya las personas ni se saludan como antes, ahora en la distancia, imparciales, te eluden; intentan hacerse el loco para ignorar que les aburres.

Ignorantes e ingratos convertidos los humanos.

Han pasado muchos años desde que el ser humano ha sido deshumanizado. Ya no lucha por sus derechos y tolera el mal ajeno. Ahora, hermano, no se actúa al escuchar un triste llanto, se prefiere cruzar los brazos que ayudar al ser humano.

Muertos por las calles caminan arrastrando los pies sin vida. Ya no miran como antes para saber por dónde pisan. Andan cabizbajos admirando una mentira reflejada en sus retinas por pantallas luminosas, del mismísimo diablo, que fragmenta sus consciencias encerrando en su interior al verdadero ser humano. Pierden sangre, pierden vida. La existencia difuminada de sus rostros no consigo ver ni en perspectiva.

Me preocupa el ser humano, van quedando ya muy pocos; el resto ahora amaestrados por un amo mentiroso, que con poder les obliga a matar por la comida. Corrompidos son sus actos, vendidas son sus vidas, ¿dónde queda el ser humano cuando ya no quede vida?

Ya no veo amor humano, ya no veo gracia divina, que en experiencia se manifiesta con el Ser de la Vida.

Antes eran respetados los ancestros del pasado, al igual que los ancianos, pues repartían conocimiento y enseñaban lo que es la vida. Ahora está de moda liberarnos de ese cargo, de olvidarnos que nos aman y encerrarlos en un cuarto, prisioneros de personas que no son de su legado. Nunca contarán que por las noches ellos lloran, suplicando ser salvados, por aquellos que les metieron en aquel bloque sanitario, el que todos conocemos, como asilo de ancianos.

Si pudiese dar la vuelta a este trago tan amargo no conseguiría nada, pues el error es del humano y no del Ser Humano.

Por desgracia la alegría es ahora un bien preciado, que para conseguirla tendrás que darle un coste alto. Que no te intimide el precio, pues ya vendiste el alma al diablo, menos costoso será ahora romper con el pasado.

Afortunados y valientes aquellos que se decidan a dar el salto, a no tener miedo y a salir de sus cuartos; a llamar al vecino y comenzar charlando un rato, a reunirse de nuevo todos juntos, el legado y los ancianos. Reunamos de nuevo al pueblo agrupando al ser humano, reforzando nuestros vínculos y valorando nuestros actos. Respetemos a nuestro hermano sus tropiezos del pasado, dándole aliento y sustento, pues recuperará su alma y salvará al resto.

Hermanos, aquellos que estéis despertando, elevemos nuestra frecuencia al siguiente estrato; ascendamos en vibración y comencemos el cambio, de dentro hacia afuera, como bien se pueda. Comprendamos que dicho cambio no es cosa de pasar el rato, es cuestión de esfuerzo y de trabajo, de escuchar al Ser que nos habla, en cada momento, en el mismo acto, pues al final el Ser nos enseña a no avanzar caminando, sino a saber hacia dónde nos está llevando.