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1 de diciembre de 2020

Al salir, la inmensa Luz me cegó los ojos acostumbrados a caminar entre las sombras. De pronto, una gran corriente de aire fresco surcó por mis mejillas haciéndose hueco entre mis orejas y meciéndose entre el pelo. Segundos más tarde, posicioné la mano por encima de la mirada a modo de parasol. Me costaba ver entre la luz a lejanía qué lugares me esperaban recorrer. Cuál sería mi destino…

Pareció el tiempo detenerse mientras yo estuve preso dentro del Laberinto. Todo se encontraba congelado, inmerso en una intemporalidad. Sin embargo, la naturaleza siguió su curso e inundó las empinadas laderas de la montaña cuesta abajo, el que antes fue un mortuorio valle, que ahora podía llegar a ver entre montañas lleno de vida, o desde las alturas, tal y como se veían, las ruinas de las antiguas ciudades que el tiempo erosionó, cubiertas ahora por un enigmático manto verde.

No podía recordar en ese momento qué sucedió con los demás que, por entonces arrastrados, también tuvieron que recorrer senderos en la Sombra.

Había pasado mucho tiempo huyendo desde aquel día…

Muchos años atrás…

Estaba asustado y todo mi cuerpo inmerso en un aura negra. La inconsciencia me iba devorando y degustando en cada paso que daba, alimentando así en cada uno la inmensa Sombra que creé. Del pasado fue creciendo tras de mí hasta ahora y esperaba acechante a abalanzarse encima, furtiva pero sutilmente. Me conocía, conocía todos mis defectos, mis debilidades, mis miedos y mis deseos. Sabía ocultarse tras la persona que fui en los secretos o en las palabras. Ella podía leer mis pensamientos, sentir las emociones y transformar todo ello en el mayor ácido venenoso para la mente y el corazón. Estaba enfermando y no era consciente del peligro que suponía. Pero todo eso dio igual el día en que la Sombra aprovechó por fin la débil salud mental y emocional para apoderarse de mí por primera vez de la manera más furtiva y sutil que pudo. Ennegreció mi cordura, los pensamientos, sentimientos, palabras, hasta los gestos… Se mimetizó tanto en mí que la luz de la consciencia que tenía en ese entonces, procedente de la Estrella Azul, se disgregó hasta tal punto que casi no llegaba a percibirla o sentirla, ni recordaba quién era en realidad. Me perdí dentro en sentimientos y momentos del pasado de los que la Sombra se fue alimentando.

Había mucho dolor, sufrimiento, angustia, desolación emocional… No podía llegar a entender cómo sostuve durante tantos años, por inconsciencia, esa densidad, tantos confrontamientos con las personas, la desesperación emocional de los demás que hice mía, los malos pensamientos que tuve hacia las personas que no llegaba a conocer del todo, las palabras no dichas, los enfados enjaulados o la ferviente ira acumulada. Todas ellas y muchas más estaban desolándome por dentro, llegándome a frustrar por todo, a sentarme mal cualquier cosa, hasta a mal pensar de aquellos que en sus palabras me transmitían amor.

Ya no debía haber más huida, no debía haber más martirio de años que me enterrase en vida sin poder llegar a ver de nuevo la luz de la Estrella Azul. No, ya no.

Me decidí encaminar días después hacia el monte alto para que me diera guía el Gran Sabio, que se encontraba en el Templo, donde yo nací. En él, encontraría respuestas para trabajar esta parte de mí, llegar con ella a un entendimiento y sanar.

El camino que transcurría hacia el sendero que daba al monte tenía muchas rutas a otros lugares, como el pueblo cercano al Laberinto Kea, las Colinas del Viento o, entre otros, Liéravel, cuya silueta, difusa entre las nubes, se podía llegar a vislumbrar muy a lo lejos en lo alto del monte.

Recorriendo el sendero hacia el monte, me encontré a lo lejos con Nüa, mi gran amiga, que bajaba del Templo por la ladera del monte cargada de vegetación. Me hizo gestos cariñosos al saludarme y me animó a acercarme a donde ella estaba. Percibía que tenía un mensaje que transmitirme. Nüa es la chamana y guía del lugar en el que vivo. Vestía con un precioso y natural vestido de telas de seda, cosido con el hilo estrellado creado por el Gran Sabio del Templo, calzada con unas sandalias de lino y algodón, que quedaban cerradas con unas cintas creadas a partir de los pétalos de flores de cerezo, y en su cabeza posaba una tiara de olivo y romero.

Nos abrazamos con mucho cariño tras un tiempo sin vernos y hablamos durante largo y tendido. En mitad de la conversación percibió en la energía que me rodeaba una sombra de la que yo era inconsciente y que durante años había ido creciendo. Antes de despedirnos me dejó un mensaje cargado con mucho amor y sabiduría: «ante una gran sombra se esconde una infinita luz». Se detuvo el espacio un instante, como si todo se hubiese congelado; solo yo podía percibirlo y me invadió un sentimiento de déjà vu. Al instante, todo marchaba de nuevo y Nüa me abrazó y sonreí. Me dijo que nos veríamos muy pronto y que entonces sería más detenidamente y tendríamos más tiempo.

Dejando atrás el sendero y a mi querida Nüa entre la vegetación, llegaba ya a las puertas del Templo por fin. En él, al lado del estanque, estaba el Gran Sabio. Me acerqué a él y nos saludamos con aprecio. Le conté mi situación tranquilamente, después, él me miró con amor y me transmitió telepáticamente que para sanar la Sombra primero se ha de transicionar todo aquello que aguarda en su interior y nos muestra, pues es la única manera de sanar, revivir con la consciencia que se tiene en el ahora todo aquello que por inconsciencia en el pasado no se comprendió ni se trabajó y, por ello, tampoco se sanó. Pasado esto, escribió en un papel un mensaje que me entregaría al despedirnos. De nuevo me invadió el sentimiento de déjà vu mientras iba escribiendo el sabio en el papel. Esta vez, la sensación de déjà vu iba acompañada de una imagen que no era del pasado, sino del futuro. En ella pude ver cómo me despedía de la ya pequeña Sombra y cómo la silueta de la Luz posicionaba su mano sobre mi hombro derecho, haciéndome girar para verla; en ese instante, la luz del alma y la mirada recobraron la luz que por años de inconsciencia se apagó. Me sentía cada vez más distinto, diferente, no llegaba a unir correctamente las sincronías que había recibido a través de Nüa, el Gran Sabio o la visión hasta ahora. Quedaba algún fragmento por comprender e integrar…

Con un gesto de cariño agradecí al sabio del Templo su conocimiento y su mensaje. Me miró y me dio en mano el papel con el mensaje que había escrito. Dijo que lo leyera cuando estuviese de vuelta en el camino en el que las rutas convergen, que comprendería esto último que no llegaba a entender e integrar. De nuevo, agradecí con respeto y me dispuse a volver al camino por el que se accedía al sendero que daba al Templo, donde me encontraba ahora.

Bajando por el sendero hacia el camino, empecé a reflexionar y a comprender que la Sombra que había creado no era tan mala como creía, tal y como me habían contado desde pequeño siempre otras personas que la tenían o que los acompañaba en su camino de vida. La Sombra, en realidad, es la fiel hermana de la Luz, trabajando y haciéndonos ver aquellas partes más densas que la Luz no puede llegar a enseñarnos. Nos muestra las partes de quien somos sin ser aceptadas. Esto es debido a que siempre ha sido “el sistema” el que ha enseñado a la sociedad qué es lo “correcto” en una persona y qué no lo es, qué es “bueno” y qué es “malo”… Si la sombra llegó del pasado a mi vida es porque se quedaron partes de quien soy verdaderamente sin ser iluminadas, integradas y sanadas. Por otra parte, comprendí y asenté que la Luz es una consciencia, es la parte fundamental que sostiene el equilibrio de las cosas, la que enseña la grandeza de quien en realidad somos. Es la espera madura, llena de experiencia de vida que, en su totalidad, a lo largo del tiempo y del espacio, nunca se dejó de lado y se abandonó. Siempre trabajó comprendiendo cada paso que dábamos y recuerda quién es desde el principio en el transcurso vital de la existencia, a la espera de que llegue el día en que comprendamos todas esas partes de la luz que somos, que por temor a lo que nos dijeran los demás, se quedaron olvidadas inmersas en la inconsciencia de la Sombra, que nos muestra a su vez la necesidad de reintegrarnos de nuevo a la Luz de la que procedemos.

Me quedé reflexionando sobre esto un buen rato mientras bajaba… Ya en el camino, situado en el punto de convergencia de las diferentes rutas, como me dijo el sabio del Templo, desdoblé el papel que aguardaba el mensaje escrito por el sabio. En él había escrito lo siguiente:

«Ya comprendes tu destino. Ahora toca volver al lugar del que procedes.

La llave dorada abrirá la puerta. La encontrarás en el Laberinto Kea.

Recuerda, la Luz está en el interior».

Al instante, el espacio que me rodeaba cogió un matiz misterioso y tras ello, me recorrió un ferviente escalofrío en la zona de la nuca. ¿Qué me estaba pasando…?

De nuevo un déjà vu aparece acompañado de una visión futura. En ella, pude ver como escogía la ruta que da al pueblo cercano al Laberinto Kea.

El tiempo corría, no había tiempo que perder. Allí esperaba mi destino…